Lo esencial en pocas líneas
La 'mente de niña' no es inmadurez. Es una forma de mirar.
Podría empezar contando cómo aprendí a revelar mi primer rollo, pero esa historia no diría nada esencial. Lo esencial es esto: la juventud no se mide en años, sino en la capacidad de asombro que uno conserva cuando ya nadie espera que lo conserve. La capacidad de mirar una habitación conocida y descubrir, otra vez, que la luz cae distinta sobre la misma pared.
Hay un riesgo en crecer del todo. En mi experiencia, madurar por completo a veces significa dejar de ver. Uno acumula nombres para las cosas y, sin darse cuenta, deja de mirarlas. El nombre llega antes que la imagen y la cancela.
Estas notas nacieron durante un aislamiento creativo en Sicilia, en un intervalo breve donde no tuve a quién explicarme. Lo que sigue no es una defensa de la inmadurez. Es un intento de proteger un modo de atención que el trabajo artístico necesita.
La frontera donde habito
Casi adulta. La palabra "casi" lo dice todo: pertenezco a ese mundo de los plazos, las facturas y las decisiones firmes, pero no termino de habitarlo. Estoy en su frontera, con un pie dentro y la mirada todavía afuera.
El cuerpo cambia. Las responsabilidades llegan sin pedir permiso. Y, sin embargo, la mirada se resiste a envejecer al mismo ritmo. Esa desincronía no es un defecto que haya que corregir; es el lugar exacto desde donde trabajo.
Pienso la juventud como un territorio interior, no geográfico. Lo aprendí moviéndome entre Catania, Roma y Los Ángeles, en ciclos de rodaje y exposición que se extienden meses, con una diferencia horaria que parte la rutina por la mitad. Catania es la raíz estática, lo que no se mueve aunque yo me mueva. Los Ángeles es el movimiento constante, la ciudad donde nada se queda quieto el tiempo suficiente para echar raíz.
Entre esos dos extremos, Roma funciona como bisagra. Tres puntos en un mapa que, juntos, no describen un itinerario sino una tensión: la de querer pertenecer a la vez al lugar fijo y al desplazamiento perpetuo.
La frontera no está en ningún aeropuerto. Está dentro.
Qué significa, de verdad, tener mente de niña
Conviene separar dos cosas que suelen confundirse. El infantilismo es evasión: una forma de no querer ver lo que incomoda, de quedarse en la superficie para no asumir el peso de las cosas. La mirada infantil es lo contrario. Es atención pura, una entrega total a lo que aparece delante, sin la armadura del juicio previo.
La niña que mira no juzga primero. Ve, y luego comprende. Ese orden lo cambia todo.
Llegué a esta distinción revisando mis hojas de contacto de 2022. Noté algo incómodo: las fotografías más honestas surgían antes de que la técnica racionalizara la escena. Las capturas que de verdad valían ocurrían en los primeros segundos de interacción con el sujeto, cuando todavía no había decidido qué estaba viendo.
Por eso sigo trabajando con película de 35mm. No por nostalgia. La película me obliga a esperar uno o dos días antes del revelado, y esa pausa es deliberada: separa el momento de mirar del momento de juzgar. Cuando por fin veo la imagen, ya no recuerdo qué pretendía, y eso me deja verla como es.
El asombro, para una fotógrafa y actriz, no es un adorno emocional. Es la herramienta. Sin él, la cámara registra; con él, la cámara escucha.
Lo que me dicen: 'ya es hora de madurar'
Sería deshonesto ignorar la crítica. Me la dicen a menudo, y a veces tiene razón.
Hay momentos en que el mundo exige firmeza adulta, y exigirla no es traicionar el arte. Las negociaciones de contratos, la logística de una exposición, los ciclos de preproducción que se extienden semanas: todo eso consume horas en las que la intuición tiene que ceder paso a la planificación estricta. Intentar aplicar la 'mirada de niña' a la gestión financiera de una exposición termina, invariablemente, en desorganización presupuestaria y retrasos. Lo sé porque lo he vivido.
Pero la conclusión que sacan de ahí me parece errónea. Suponen que madurez y asombro son opuestos, que uno crece a costa del otro. No lo son. Pueden convivir.
La firmeza adulta no es enemiga de la mirada: es su andamiaje. Es lo que sostiene la estructura para que el asombro tenga dónde ocurrir. Una exposición necesita presupuesto y calendario tanto como necesita una imagen que detenga al visitante en seco.
El error más común es confundir seriedad con profundidad. Se cree que mirar el mundo con gravedad es entenderlo mejor, cuando muchas veces la gravedad es solo un disfraz del miedo a no parecer competente. Hay verdades que solo se dejan ver desde la ligereza.
La permeabilidad emocional cambia según el entorno: en un set independiente alimenta la actuación; en una reunión de distribución suele leerse, erróneamente, como falta de rigor.
Advertencia: esta dualidad entre asombro y pragmatismo colapsa cuando los plazos bajan de las cuarenta y ocho horas. En esos casos no queda margen para la mirada: la mentalidad debe ser puramente ejecutiva, y resistirse a eso solo daña el trabajo y a quienes lo sostienen contigo.
Conservar la mirada como acto de resistencia
¿Por qué insistir tanto en una porción de infancia intacta?
Porque el arte la necesita. No como tema, sino como condición. Una imagen hecha desde el cálculo completo se nota: está cerrada, no deja respirar. Una imagen que conserva algo de asombro queda abierta, y esa apertura es lo que permite que otro la habite.
Entiendo la juventud como una práctica diaria, no como una edad que se pierde. La practico apartando unos veinte o treinta minutos al día para observar sin cámara, sin objetivo, sin querer capturar nada. Solo mirar. También revisando archivos visuales que he ido acumulando durante los últimos años, no para juzgar mi evolución sino para reencontrar al que miraba entonces.
Conservar la mirada, en un mundo que premia la prisa y la certeza, es un acto pequeño de resistencia. Cuesta. Algunos días el cansancio gana y miro como un adulto eficiente, y la imagen me sale muerta.
Punto Clave: la mente de niña no se hereda ni se conserva sola. Se practica, se protege y, a veces, se pierde por un tiempo antes de recuperarla.
No quiero cerrar esto con una conclusión que lo selle todo. Prefiero dejarte una pregunta, porque este texto me sirve más como espejo que como ensayo. ¿Qué parte de tu niñez sigue mirando por ti? Quizá sea más de la que crees. Quizá sea ella la que eligió detenerse a leer hasta aquí.